
Sobre nosotros
Antes de que hubiera nada, hubo dos personas que llevaban tiempo abiertas a que apareciera un lugar así —sin salir a buscarlo con prisa, solo dispuestas a reconocerlo en cuanto llegara. Y llegó: una pequeña loma con brisa constante, vistas abiertas al manglar y al mar, y salida directa al canal que separa Isla Bastimentos de Isla Solarte hacia el Caribe abierto. Se enamoraron nada más verla.
Lo que vino después se construyó con ayuda. Amigos que cargaron sacos de cemento en barco desde Isla Colón, cuesta arriba, a pulso. Amigos que compartieron la primera noche en la casa: sin agua corriente, con una sola luz encendida y un único enchufe funcionando, sin nevera ni nada frío que llevarse a la boca —y que se quedaron igual.
De esa terquedad —la de no soltar la idea aunque faltara de todo— nació el nombre. La Purita. Hubo tramos difíciles en el camino: una vez, veinticinco días seguidos sin una gota de lluvia, racionando el agua litro a litro. Y aun así, seguir adelante.
La casa se construyó para no imponerse. Manglar, mar en calma, selva tropical: el diseño se adaptó al terreno, no al revés. Cuatro suites, cada una con su propia piscina de agua de mar. Cortar un solo árbol siempre costó, así que el entorno se dejó casi intacto, cuidando cada rincón como si fuera prestado.
El amanecer aquí es siempre el mismo ritual. El agua se queda quieta. La bahía copia el manglar como un espejo. La luz sube despacio, casi sin querer. Todavía no ha empezado el mundo —solo el canto de las cotorras marcando que el día arranca. Vuelven a cantar al anochecer, como si cerraran el mismo círculo. Y en algún momento entre medias, cruzan el cielo en bandada, camino a un sitio que solo ellas conocen.
El resto del terreno pertenece a quien ya vivía aquí antes, y son muchos. Paulina, una garza que aparece cada mañana junto al canal, quieta, como esperando algo. Carmen, una pata salvaje que cruza el jardín como si fuera suyo —que lo es. Pero alrededor de ellas hay todo un mundo en movimiento: cangrejos que salen con la marea baja, pequeñas mantas raya que se cuelan en el canal de agua salada, algún caimán de tanto en tanto, coral creciendo bajo la superficie donde el mar se aclara. Colibríes y pájaros carpinteros de día, búhos de noche, arañas, saltamontes, escarabajos, geckos en cada rincón, y mariposas de todos los colores —incluida una azul que parece llegada de otro sitio. El manglar no es solo paisaje: es quien sostiene todo esto.
Vampi y Fulo son la otra parte de la familia de La Purita. Vampi llegó primero, rescatada de la calle: es una perrita simpática y tranquila, encantada de que la acaricien, que duerme durante el día para poder vigilar la casa por la noche, cuando los mapaches bajan del manglar en busca de piñas o plátanos. Se la encuentra casi siempre al sol, en la entrada, dejándose querer por quien se acerque. Fulo llegó después, pensado como compañía para ella —y Vampi lo acogió como si fuera suyo, casi como una madre. Cachorro, curioso, todavía demasiado pequeño para hacer guardia, por ahora prefiere los rincones frescos y en sombra, esperando a crecer.
Energía solar, agua de lluvia, materiales naturales, y una colaboración constante con las comunidades Ngöbe en la conservación del manglar —no como gesto, sino como la única forma honesta de estar aquí.
La Purita nace de eso: de la terquedad de empezar sin nada, del respeto por lo que ya estaba, y del deseo de compartir este lugar con quienes buscan vivir el Caribe de otra manera.



